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Crecimiento PersonalReflexión
24 noviembre 20253 min de lectura

Un día a la vez: construir en silencio lo que dijeron que no era posible

Un día a la vez: construir en silencio lo que dijeron que no era posible

Un día a la vez: construir en silencio lo que dijeron que no era posible

Hay días en los que mi vida se percibe como una sucesión de tareas que comienzan en plena madrugada. Me despierto a las tres o cinco de la mañana y, antes de que el mundo complete su primer bostezo, ya he sacado a las perras, preparado su comida y lavado sus platos.

En la casa, el día continúa como una serie de ritos cotidianos: desayuno para mi papá y para mí, barrer, limpiar por etapas, un poco de yoga que alinea la espalda y aquieta la mente. Entre platos lavados y yoga que reconecta cuerpo y mente, también he pasado el trimmer en la finca y cuidado el jardín que late con cada día. Cada tarea, por pequeña o grande que parezca, es un hilo más que teje mi jornada y sostiene mi mundo.

Acompaño a mi padre y a mi tía a sus citas médicas —y asisto también a las mías—; hago las compras, atiendo clientes, realizo grooming, grabo reels para mi perfil de autora y avanzo los trámites de la novela. Es cierto: en medio del frenesí no he escrito tanto como quisiera, pero tampoco he dejado de construir. Mis manos cuidan, mis rutinas sostienen; mi disciplina abre el espacio donde, algún día, volveré a escribir sin interrupciones.

Lo que más me enseña esta rutina es que la productividad no es una línea recta: es un tejido. Hay hilos domésticos, hilos afectivos e hilos creativos que se entrelazan. A veces priorizo facturas y citas médicas; otras, los paseos con las perras, la preparación de la comida o las labores en la finca y el jardín. Y aunque hay días en los que la escritura retrocede, no desaparece: se conserva en los márgenes, en los reels, en las conversaciones con clientes, en la quietud paciente de la madrugada.

Con el tiempo entendí algo importante. Durante años escuché que si hacía una cosa no podía hacer otra; hoy sé que eran excusas, no límites reales. En estas mismas jornadas, llenas de responsabilidades, encuentro también el tiempo para avanzar en mi proyecto y para descansar. Porque cuando se quiere y se elige con intención, el día se acomoda. Como me recordó mi psicóloga, las cosas se hacen un día a la vez. Y así, paso a paso, sin prisa pero sin pausa, sigo construyendo lo que antes me dijeron que no era posible.

No es que no había tiempo.

Es que no había ganas.

La disciplina vence a la excusa.

Desde el eco de mi interior,

D’Rova