Volver al blog
InspiraciónReflexiónCrecimiento Personal
2 febrero 20262 min de lectura

Cuando dejé de huir de mí

Cuando dejé de huir de mí

Aprendí que mi vulnerabilidad me hace más fuerte

Durante mucho tiempo confundí fortaleza con silencio.

Creí que ser fuerte era aguantar, no incomodar, no mostrar grietas.

Aprendí a sostenerme por fuera, mientras por dentro me iba endureciendo.

Me enseñaron —o quizá lo asumí— que sentir demasiado era una debilidad.

Que llorar era perder terreno.

Que mostrar lo que dolía me hacía frágil, expuesta, vulnerable en el sentido más peligroso de la palabra.

Pero nadie me dijo lo cansado que es sostener una versión de una misma

que no puede respirar.

El día que dejé de huir de lo que sentía, algo cambió.

No fue cómodo.

No fue inmediato.

Pero fue honesto.

Cuando me permití sentir sin pedir perdón,

cuando dejé de esconder el dolor bajo capas de control y apariencia,

descubrí algo que no esperaba:

no me rompí.

Me volví más consciente.

Más presente.

Más viva.

Entonces entendí algo esencial:

La vulnerabilidad deja de ser herida cuando es habitada.

Aquello que ha sido mirado con honestidad ya no puede ser usado como arma.

Cuando la vulnerabilidad es asumida, se convierte en soberanía.

La mirada que juzga no define a quien se muestra,

sino a quien aún no se atreve a mirarse.

No me hice más fuerte por endurecerme.

Me hice más fuerte el día que dejé de estar en guerra conmigo.

Aprendí que mi vulnerabilidad me hace más fuerte.

Desde el eco de mi interior,

D’Rova