Cuando Capricornio cierra la puerta, no lo hace por orgullo ni por impulso.
Lo hace después de haber resistido más de lo que debió, de haber callado para no romper, de haber intentado entender lo que dolía.
Cuando Capricornio se va, no hace ruido.
No reclama, no explica de más, no dramatiza.
Se va en silencio porque ya lloró todo lo que había que llorar, a solas, cuando nadie miraba.
Ese silencio no es frialdad:
es cansancio del alma.
Es lucidez.
Es amor propio que despertó tarde, pero firme.
Capricornio no cierra puertas por enojo,
las cierra cuando entiende que seguir ahí sería traicionarse a sí mismo.
Y eso… eso no lo negocia.
Puede perdonar, puede soltar el rencor,
pero no vuelve a dar acceso a quien rompió lo sagrado: la lealtad, el respeto, el esfuerzo sincero.
Por eso, cuando Capricornio se va, no vuelve.
Porque no se fue desde la rabia,
se fue desde la claridad.
Y cuando eso ocurre,
no es pérdida:
es cierre de ciclo.
Es dignidad en movimiento.
Es Saturno diciendo: hasta aquí.
Desde el eco de mi interior,
D'Rova
(Capricornio hasta la médula)
